Puedo pasarme toda una vida hablando, la historia es muy extensa, ya que un día tras otro durante el tiempo de un año supone en la vida de un hombre una sucesión enorme de hechos, aunque sólo un pequeño paso en toda su existencia.

Recuerdo cómo los días pasaban en la casa, cómo las horas conseguían evidenciar la fatalidad de vivir en ese lugar porque, aunque el principio fue bastante bueno allí, lo que vendría a continuación sería un pequeño calvario.
La vida, que está llena de simples consecuencias, surgidas de hechos que en un momento parecen o no tener importancia, le pone a uno en cuestión de segundos en la situación más adversa que pueda imaginar, vivir allí era eso. Un tira y afloja al que uno no terminaba acostumbrándose, un disculpa que se sucedía una vez tras otra al equivocarse en algo que no tenía importancia, tras debatir sin argumentos una idea que era considerada inconsistente o simplemente por ser diferente a un grupo de personas.

A veces me pregunto si lo que hacía allí estaba bien o mal, pues al ser discutido por esto o lo otro con argumentos tan coherentes y expuestos, mayoritariamente, de tan buena forma pareciera que no tenía yo la razón o que me estaba volviendo loco.

Muchas de las palabras que me dijo mi casero alguna vez estaban pensadas premeditadamente, tras sopesar con cautela cada una de las posibles consecuencias, pero unas de las que me decía de vez en cuando y que nunca se me olvidarás era: "Nosotros aquí no pretendemos cambiar tu opinión en nada, tú tienes tus formas de pensar". Estas sencillas palabras eran, por contra, una mentira en toda regla, según se mire, claro.

Bien es cierto que cuando llegué allí tenía unas ideas un poco difusas, que con el tiempo, gracias a tales opiniones "gratuítas" que tuve que oír más de una vez, que no escuchar ya que el que desempeña esta función se encuentra convencido e interesado por lo que le están contando, supe que había unos valores que como ser humano que era tenía que empezar a defender con la cabeza bien alta (como el respeto o la tolerancia).

Y alguno podrá decir que yo pecaba de falta de tolerancia, no lo discuto ni lo más mínimo, pero también digo que eso tenía una razón, sí, una razón, bien conseguida tras verme engullido en una conversación con tres o cuatro hienas que siempre estaban al acecho. Siempre en contra de las posibilidades de defenderme, simplemente con los valores en los que la gente con poca experiencia como yo había creído alguna vez en su vida hasta que se la habían jugado u obtenido otros mejores.
Es curioso, después de tantos meses sin vivir en ese infierno engañoso sigo pensando como siempre, no he cambiado para nada mi forma de ver la vida. Razones tengo.